Campamento en el Alto de San Miguel


Eran las 9 de la noche, e iniciábamos una experiencia nocturna, jamas pensada; eran dos horas de caminada desde, donde nos dejaba el transporte, en la vereda “La clara” (Caldas-Antioquia); digo nos dejaba porque yo no iba solo, en esta nueva aventura tenia de compañía a mi mamá, si; a mi mamá!

Puente colgante en la entrada de la reserva.

Soy un aventurero por naturaleza pero jamas había tenido tal experiencia como esa, y mucho menos con semejante compañía; mi mamá, la que me regaña por loco que soy, ella estaba apunto de vivir su primera aventura, su primer campamento; y que buena manera de iniciar, con esta caminada nocturna.

Cuando llegamos al campamento, donde nos esperaba Camilo (mi hermano) y un amigo, ya eran cerca de las 11 de la noche. El camino no fue fácil, aparte de la traviesa naturaleza que nos presentaba ilimitados obstáculos, tuvimos que luchar contra la oscuridad y la desorientación en un ecosistema imponente; y que mejor recompensa que el acogedor calor que nos brindaba una fogata bien avivada por los maderos, y un delicioso sancocho.

Pasamos una noche fría; pero nos sorprendió una linda y soleada mañana, aun un con un poco de niebla en la cima de los incontables pinos cultivados que teníamos a nuestra vista; en la que después de un buen desayuno, nos dispusimos a disfrutar del hermoso ecosistema que nos rodeaba; mientras tanto, lo recorríamos en todas direcciones recolectando maderos para tener con que darle fuerza a la fogata, para poder cocinar nuestro almuerzo.

Mientras se cocinaba nuestro almuerzo, disfrutamos del pequeño rio, que marca con sus aguas cristalinas el inicio del rio Medellín; entonces decidimos construir un pequeño charco que escasamente nos llegaba a la cintura, pero que nos basto para descargar la suficiente energía y aventura que el momento nos pedía a gritos.

Después de degustar y reposar el almuerzo, como buen aventurero que soy; decidí treparme a uno de los arboles que se encontraba continuo a la tienda de camping, con el propósito de fotografiar desde lo alto al campamento; fueron aproximadamente 7 metros en los que encontré una armonía perfecta, entre una altura correcta para la fotografía y los gritos de mamá que me decía -“no subás mas Daniel por favor, bájate de ahí”. Fue un momento emocionante y lleno de adrenalina, porque a-pesar de haber subido a tantos arboles, veo a cada uno como un reto diferente y debo admitir que aun siento ese apasionante susto, cada que vez que subo a uno.

El campamento desde arriba.

Pasamos una tarde muy agradable, relajados; charlando, jugando con una pelota y acostados en el césped observando maravillados, un atardecer espectacular, que aunque en la ciudad también los vemos muy bonitos, no hay nada como ver una puesta de sol donde todo lo que podemos observar es 100% naturaleza. La oscuridad de la noche fue apoderándose del hermoso paisaje, para sorprendernos mas aun con un deslumbrante  cielo estrellado; imposible compararlo con el que percibimos en la ciudad.

Derritiendo masmelos (malvaviscos) pasamos la noche, hablando y riéndonos como locos, disfrutando de tan agradable momento con el encantador y cautivante calor que nos ofrecía la fogata. Mi mamá la que siempre nos decía que no le parecía gracia irse a meter a un monte, simplemente a aguantar frio, se estaba dando cuenta de que ir a disfrutar de las montañas, no es solo tolerar el frio; si no que es una infinidad de actividades voluntarias e involuntarias a las que nos incita tal lugar, haciéndonos disfrutar hasta del mismo frio.

Atardecer

En la mañana siguiente, nos levantamos y nos dispusimos a partir a nuestro hogar; después de dos noches de campamento nos encontrábamos algo cansados físicamente, pero espiritual y mentalmente estábamos relajados, libres de todo estrés que nos fatiga. Fue un camping genial, jamás pensé que iba a vivir una de mis experiencias favoritas con mi mamá, y considero que la menosprecie, ya que fue una mujer muy valiente y aunque le costó trabajo tomar la decisión de ir de campamento, lo importante fue que lo hizo, lo vivió, y lo disfrutó.

El Alto de San Miguel es un lugar maravilloso, lleno de vida, con arroyos y aguas cristalinas, donde la mano del hombre aun no ha llegado a contaminarlas, es un ecosistema donde se interactúa totalmente con la fauna y la flora, y donde los sonidos y las vistas que percibimos nos hacen sentir realmente vivos y agradecidos con Dios, por semejante paraíso.

Written by @daniielmh

@SoyMochilero

 “Reserva Natural, Alto de San Miguel

Esta reserva hace parte del ecosistema altoandino denominado “bosque de niebla” por su constante nubosidad y por la confluencia de vientos cargados de humedad, provenientes del norte del Valle de Aburrá. Presenta una temperatura promedio anual de 14,5 grados centígrados (ºC) y lluvias entre 2.500 y 3.600 milímetros (mm/año).  Este tipo de bosque escaso en el país, tiene una biodiversidad propia y gran cantidad de fuentes de agua que facilitan la supervivencia de las diferentes especies que lo conforman”. …”

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